Los Prisioneros, grupo chileno que hizo furor en Latinoamérica a principios de los noventa, decía así en una de sus canciones: “Tú me dices que sufres / y yo sé que es verdad / pero, por favor / cuéntame una historia nueva y con algún final original”. No es otra cosa que una afilada alusión al barrio de Santiago de donde procede la banda: “Diez portazos por minuto en las manzanas que nos rodean / Mientras caminamos por San Miguel”. Hablan de las penas burguesas, esa historia manida y repetida hasta la extenuación, esa pesadumbre banal que se ha merecido ríos de tinta en forma de manuales de autoayuda, ese mismo hastío que abarrota las clases de yoga, los spas, las clínicas de cirugía estética, las tiendas gourmet o las ONGs que hacen el bien a golpe de talonario. Viajes al olvido, la superación personal o la introspección, siempre regulada por el miedo a mirarse a sí mismo y no encontrar nada. Algo imposible de ser tomado en serio, como bien cantan Los Prisioneros y filma Joseph Losey (no sólo) en The Romantic Englishwoman.

 

Y así en esa búsqueda, de hecho, se abre bellamente la película: una mujer viaja por montañas nevadas en un tren. En la ventana por la que miramos, se alterna según la luz el paisaje con su reflejo de aire ausente. Es Elizabeth (Glenda Jackson, que no puede evitar parecer siempre un poco víbora), mujer madura y atractiva que se dirige a Baden Baden con una vaga idea de descanso de una vida ya ociosa. Pero más que descanso hay olvido en el lujo decadente del balneario, de las habitaciones de hotel, de los comedores y los salones de juego que Losey muestra en un travelling que se adentra entre los huéspedes vestidos de etiqueta bajo las arañas de cristal, que bien podría ser una pieza del rompecabezas que compone El año pasado en Marienbad. Bien anclada en su época, casi hasta la caricatura, la película recorrerá todo el repertorio de los paraísos de clase acomodada de los sesenta y los setenta: desde Baden Baden hasta la campiña inglesa, pasando por la Costa Azul vista desde un descapotable. Desde la ropa hasta los lugares, el colmo del buen gusto añejo explota con sobriedad aquí.

 

Pero continuemos. Entretanto, Lewis Fielding (Michael Caine), el marido inquieto y escritor adinerado, espera en casa. Y autoconsciente e irónico, Losey lo pone a escribir la misma historia cursi y vulgar que él aborda. Pues ahí está, reunido con un director de cine que le encarga escribir un guión sobre una mujer que quiere descubrirse a sí misma. Algo de lo que más adelante el escritor dirá que quiere dar un barniz de thriller, que el propio Losey ya empleó, al poner al amante potencial, Hursa, furtivo en el balneario, a huir de la justicia y a esconder drogas en tejados al tiempo que intenta chulearse a las arpías que frecuentan esos lugares. Un encargo aburrido, pretencioso y absurdo para Fielding, cuya mujer justo está buscando (sin admitirlo) eso que él debe escribir. Y que al final hará que todos terminen tendiéndose una trampa a sí mismos.

 

En la casa del campo inglés de la pareja hay una au pair, que no puede dejar de ser vista como un guiño: se trata de Béatrice Romand, una de las actrices habituales de Eric Rohmer (La Genou de Claire, Conte d’automne), que parece ofrecer en la película de Losey una réplica a L’Amour l’après midi, con hombre maduro atrapado en su vida con au pair alemana en casa.

 

Losey, en el colmo de su sarcasmo, hace a sus propios personajes recitar sus bemoles. Elizabeth, quien no dice no haber cogido un bus desde 1959 al enumerar sus privilegios, confiesa: “Estaría descontenta, pero no creo que tenga derecho”. Y su amiga, que abraza sin remilgos su condición, dice: “La mujeres somos un país ocupado”, frase que usará luego nuestro escritor, armando en su mente una escena de música melodramática e imagen lechosa como concebida por Corín Tellado. Pero con un giro de thriller.

 

La diversión comienza cuando Hursa, el gigoló-traficante, se materializa en la casa de nuestra pareja so pretexto de ser un fan de las novelas de Lewis. Pues con su expresión pétrea, de cara más dura que un bloque de mármol, y su belleza old fashioned de anuncio de Varon Dandy, Hursa (Helmut Berger) ni se molesta en ocultar su condición de parásito de gente como ellos. Bajo escenas hipercivilizadas de gente tomando el té o cenando, los puñales van y vienen con comicidad contenida. Y así las cosas, Hursa termina instalado en la casa siendo “asistente” del escritor. Y cuando éste empiece a ligarse a la au pair, Elizabeth y Lewis serán víctimas del juego de la cursi imaginación del escritor. Como nuestro dice amante bandido, “las mujeres inglesas son las más románticas”.

 

Es particularmente elocuente una conversación mantenida durante una cena (que se ve reflejada en un espejo redondo y deformante como el que se ve en The Servant): hablan sobre la propiedad y la paranoia que despierta. Hursa no tiene nada, por lo que no teme nada. Lewis tiene una mujer, en propiedad —comprada con privilegios— y el miedo a que sea de otro (no a perderla, sino a que otro la posea, como el miedo de un niño a que le roben cualquier juguete) no le deja vivir. Y así es que la mujer termina, forzada por el ridículo montaje social a su alrededor, por emprender ese viaje al autoconocimiento de la escapada amorosa. Sólo para ver que toda la aventura es en realidad un cliché vacío, y que se encuentra exactamente en el mismo punto de partida del que salió. Y de nuevo viviendo las fantasías de su dueño. La sugerente escena arrebatada y entre sombras imaginada por Lewis en el ascensor del balneario, acaba siendo exactamente igual pero esta vez en un invernadero.

 

Del otro lado de la misma idea se podría situar De la guerre, de Bertrand Bonello. Pero la gran diferencia con Losey es que Bonello no señala con dedo cruel a su entorno, sino que trata consigo mismo: de ahí que su película se pierda por otros caminos y se tome bien en serio. No es el entomólogo despiadado que parece Losey, sino más bien el esforzado insecto intentando averiguar qué hacer consigo mismo. Y a machetazos se lía con su propio ser para hacer un film, como deja ver su alter ego Bertrand (Mathieu Amalric), que se interna después de su experiencia encerrado en un ataúd en esa misteriosa comuna utópica que bien podría ser el falansterio de Charles Fourier mezclado con esa fiesta inolvidable, jardín secreto eterno en la memoria del El gran Meaulnes de Alain Fournier.

 

Y sin embargo, de alguna manera también se parece a las clases de yoga de las que hablábamos al principio. Ya no se lleva el lujo ocioso y complaciente de los setenta. Ahora, precisamente, el burgués atribulado es el que come espartanamente, el que se machaca en el gimnasio, y el que paga por unas vacaciones trabajando en un barco ballenero en el Polo Sur. Ya no es el abandono el que proporciona el autoconocimiento sino el esfuerzo. Se ha de sudar para llegar a uno mismo, sólo unas vacaciones servirán para despojarse de la alienación de la vida en la ciudad, y serán las que fuercen el cuerpo, las que impliquen poner en marcha un mecanismo de supervivencia aunque sea vigiladamente. Por supuesto que hay lugar para el goce aquí, pero el mecanismo es otro; ya no es el hedonismo amoral de los setenta, sino parte del camino sinuoso por el que conduce a esta comunidad del film su equívoca gurú, Asia Argento.

 

Y así podemos decir que Bonello se adentra en el viaje, a través de su personaje, con la misma candidez que la inglesa Elizabeth se termina lanzando a la aventura. Sólo que la suya no se origina en una novela barata (entre gente que vive de acuerdo a todos y cada uno de los clichés de ese tipo de literatura), sino que emana de una crisis creativa propia que encara con honestidad (y que también tiene que ver, vale la pena mencionar, con la imposibilidad de una vida en pareja no contaminada). Y sobre todo, no espera a ser redimido por nadie, como ese país ocupado que la mujer inglesa se reduce a ser, sino encontrarse a solas consigo mismo para librar un combate, no para escapar de él.

 

La idea de trascender, de llegar al otro lado, de alguna manera, es la que reviste De la guerre. Y Bonello se sumerge del todo en esas aguas, mal que nos pese. Es así como, si The Romantic Englishwoman era la guía Cosmopolitan para ser una natural woman, De la guerre es otra forma de manual de autoayuda que se puede ver de dos maneras, a elegir: bajo la luz de la ironía de Losey o de lo que realmente lo puede convertir en un camino mucho más excitante y productivo, si decidimos aparcar las dudas y tomárnoslo en serio. Por un lado, el del campamento para burgueses hastiados en busca de algo más, pruebas procuradas voluntariamente que se superan con el fin de obtener un rédito. Y por otro lado, si nos dejamos llevar, el que representan las utopías dentro de este descreído y desalentador sistema que si cubre las necesidades materiales despoja de la alegría de vivir. Y más allá de lo que signifique para cada quien una película esquiva, magnética e incluso por momentos intolerable como De la guerre, son el único manual de autoyuda posible para los tiempos que corren.

 

 

 

Elena Duque