En el año de su muerte, tal y como él había dejado escrito, vio la luz la película más personal de Manoel de Oliveira, realizada 33 años atrás en su propia casa, poco antes de tener que venderla para afrontar las dificultades que se derivaron del 25 de abril. Allí vivió cuarenta años de su vida junto a su mujer, María Isabel, y sus hijos. Visita, ou Memórias e Confissões fue filmada con el deseo de retener algo que se va.

La casa es la ocasión para poner en escena la memoria de Oliveira sobre sí mismo, el cine, la historia, la religión o la arquitectura. La casa no es solo un espacio, es sobre todo un lugar, refugio y testigo de una vida.

Um filme de Manoel de Oliveira, sobre Manoel de Oliveira, a propósito de uma casa. Un filme meu sobre min próprio”; es un “gesto autobiográfico”, como lo definió José Manuel Costa.

Y cuando Oliveira dice “um filme meu”, no se refiere tanto a que es el autor, sino a que es su película, como no lo es ya la casa, tristemente.

 

 

La entrada principal es como la puerta del paraíso perdido. Suena una sinfonía trágica de Beethoven. De pronto las puertas de madera se abren mágicamente, como sucede a menudo en su cine, y la película arranca propiamente.

En el jardín, exuberante y centenario, la casa aparece como un barco varado, con una mitad a la sombra de un gran pino y otra mitad devorada por la enredadera. Decadente, ha resistido magnífica a todas las tormentas.

 

Dos visitantes llegan a la casa; dos fantasmas, un hombre y una mujer; no están muy seguros de haber estado allí antes. Su diálogo, literario y fantástico, es obra de Agustina Bessa-Luís. “Estamos rodeados por criaturas que se mueven en el umbral del lenguaje” (…). “É uma hora irreal, não estamos vivos nem mortos”.

 

 

En la visita la cámara no sublima el espacio, lo recorre a escala natural. Hacia adelante o atrás, y no hacia arriba y abajo. Rectificando a veces, volviendo a algo que vimos de pasada. Filmar como ver, como asomarse a una ventana, filmar como vivir; y no por encima. Su humanidad se ve enseguida en que las cosas están en su orden y desorden habitual, están vividas o se están viviendo. Una chimenea encendida, un jersey en el sofá, un té caliente en la cocina.

Los fantasmas avanzan por la casa en promenade architecturale. Es posible que Oliveira se moviese igual por los pasillos y escaleras, de forma fluida, como en travelling; no hay elementos que entorpezcan o bloqueen la energía de la casa. Todas las puertas están abiertas. 

De pronto aparece escribiendo a máquina en su despacho; al percatarse de los visitantes, deja lo que está haciendo y empieza a hablar mirando directamente a la cámara; se presenta: “Sou Manoel de Oliveira, realizador de filmes cinematográficos”. No se dirige a sus visitantes, sino a nosotros, al otro lado. La de Oliveira, en el film, es una aparición, y como tal, como dice Costa, “se filma literalmente como el espíritu de la casa”. Quizá sabía ya que llegado este momento, él ya no estaría allí.

Oliveira explica que la casa fue proyectada mano a mano con el arquitecto moderno José Porto, discípulo de la escuela francesa de los años treinta; la Villa Saboya de Le Corbusier (Poissy, 1932) pudo haber sido uno de los grandes referentes. Proyectada también “como un navío”, el arquitecto suizo la bautizó como “Les heures claires”, dada la importancia de la luz en la casa, como lo es en el cine.

 

 Villa Saboya

 

Una de las características principales en ambas es el límite difuso entre interior y exterior. La vegetación está presente en todas las habitaciones y pasillos, visible desde cada habitación y no excluida en el jardín. En la casa de Oliveira, las ventanas revelan la visión de un cineasta, igual que para Le Corbusier “para que el paisaje cuente, tiene que estar limitado, dimensionado por una decisión radical: tapar los horizontes al levantar las paredes y revelarlo solo en puntos estratégicos mediante aberturas”. Las fachadas de la casa se proyectan como se define un encuadre, qué se ve y qué queda fuera de campo.

 

 

Como un barco, o como un tren –“el transiberiano e ninguno outro”–, una casa panorama, con escaleras y curvas que conectan unos espacios con otros, siempre en movimiento.

 

 

 

Villa Saboya

 

 

 

Tener que abandonar la casa que él mismo ayudó a concebir y amueblar, despierta en Oliveira toda una serie de recuerdos. Para ponerlos en escena, el cineasta proyecta en directo varias películas realizadas con material de archivo. Visita, ou Memórias e Confissões funciona como pantalla.

Habla de su infancia, de la primera casa que construyó su padre junto a la fábrica de pasamanería que Manoel heredaría años más tarde. Habla de su hermano; de sus abuelos; de sus hijos; de María Isabel, esposa y compañera; de la casa de A Portelinha, de la familia de ella, donde escribió el guión de La Caza y el de “Angélica”, que entonces aún era un proyecto sin realizar. Allí recibió la visita de ilustres amigos como André Bazin, Paulo Rocha o José Régio.

De vuelta en su despacho, relata la tarde fatídica en que dos hombres de Salazar irrumpieron en la casa y se lo llevaron detenido. Todavía hoy no sabe por qué, pero seguramente fuese después de un coloquio de Acto de Primavera donde dijo algunas cosas contra el régimen.

Para recrear este episodio de su vida, surge de pronto una pequeña ficción. Su film sobre sí mismo, de apariencia documental, se convierte en un film de suspense protagonizado por un Oliveira invisible.

 

 

Con una cámara que adopta por primera vez su punto de vista, cuenta los días interminables que pasó en la prisión de Lisboa. Los esbirros se habían quedado estupefactos con la apariencia laberíntica de la casa. 

 

Se ha hecho de noche y los fantasmas salen de la casa atravesando el jardín a oscuras. Oliveira se ha quedado solo en su despacho. Dentro de poco deberá dejar la casa; su espíritu habitó en ella durante cuarenta años, dice, pero quedará para siempre la película.  

 

Referencias

 

José Manuel Costa, texto publicado en la hoja de sala de la proyección de Visita, ou Memórias e Confissões en la Cinemateca Portuguesa.

 

 

Gracias a Miguel Blanco.

 

 

Andrea Franco