Un término técnico utilizado por el derecho romano para designar el ámbito de influencia de una comunidad política ha llegado hasta nuestros días para designar algo bastante más amplio que eso. Derivado del latín territorium un territorio puede entenderse como una concepción geográfica y política con sus apartados físicos y funcionales, puede ser objeto de discusión a través del derecho consuetudinario o no, de la posesión consuetudinaria o no, de su apropiación legal o ilegal, de sus lindes y de sus fronteras reales o ficticias o imaginarias, de todo aquello de lo cual afanosamente se han ocupado los hombres como especie, incluso antes del sapiens y de las tribus y de los estados. Un territorio, en el cual obviamente se encuentran incluidos sus recursos naturales y humanos, cualesquiera que estos sean y sin importar su extensión geográfica, siempre ha sido un lugar por disputar, mucho más con el advenimiento del colonialismo y el imperialismo. Tanto como la literatura de viajes, las avanzadas misioneras, y la antropología, el cine no ha sido ajeno a estos movimientos en pos de legitimar la conquista de un determinado territorio pero sería bastante inocente o flagrantemente estúpido pensar en una cohorte incalculable de cineastas trabajando a destajo con este propósito para las metrópolis coloniales o los imperios y dictaduras de cualquier signo político; los hubo pero no fueron todos y ni siquiera la mayoría. Como también lo sería pensar que los viajeros y los antropólogos han viajado y estudiado y escrito todo lo que viajaron y estudiaron y escribieron con el sólo afán de contribuir a la colonización simbólica o no de territorios ajenos a su cultura; aunque cueste pensar en la supuesta candidez de los misioneros con respecto a esto. ¿Algunos -muchos probablemente- films de propaganda política producidos en el Este y en el Oeste durante e inmediatamente después de la segunda guerra mundial? ¿Algunos -muchos seguramente- films norteamericanos justificando directa o indirectamente las guerras del Golfo? Seguramente, pero esto es ya otra cuestión. Como también es otra cuestión la estética publicitaria de un cine donde toda verdad es inmediatamente verificable como Serge Daney había advertido hace no mucho tiempo atrás y la sobre saturación de imágenes de cualquier lugar de este planeta, y de otros también, capturadas con dispositivos que van desde celulares hasta drones y satélites. Allanar la diferentia y continuar con el romántico relato del buen salvaje roussoniano: los pretendidos émulos posmodernos de Defoe, que todavía rondan por extrañas pero no ya ignotas geografías colectando rarezas folk para exhibirlas en el mercado de las imágenes mundiales, quizá nunca lo leyeron muy bien.  

Salvo cierto anclaje con la idea de que un territorio es un lugar físico habitado por personas donde ocurren cierto tipo de cosas, el film de Alexandra Cuesta, afortunadamente, no tiene nada que ver con todo lo anterior y tampoco es un documental del tipo observacional o etnográfico o periodístico o social o cualquier otra abstracción categórica incluida en el sacrosanto catálogo para el buen documentalista y guía ineludible para la buena labor del crítico cinematográfico. Tampoco, finalmente, no pretende ser la reconstrucción de un hecho social o de un evento cultural o de una vida particular del pasado inmediato, del pasado sin más. Resulta bastante sencillo no encolumnar a Territorio (2015) en ninguna categoría más o menos establecida, más o menos consensuada, pero no resulta tan sencillo decir lo que es salvo, claro está, presentarlo como un ovni cinematográfico -una noción bastante extendida en el pequeño mundo de la crítica que amenaza convertirse en una categoría en sí misma- y describir concienzudamente sus cuarenta y siete planos fijos, aproximadamente, cuya duración no excede los dos o tres minutos por cada plano, también aproximadamente, y cuya geométrica incluye primeros planos, planos detalle, planos medios y alejados, con picados y leves contrapicados y probablemente olvido algunos otros ángulos de cámara. Es decir, convertir al film en una suerte de registro geográfico social un tanto desprolijo ocluyendo pensar en lo verdaderamente importante: ¿qué se encuentra en los planos de un film sin -casi- ningún plano de transición?, ¿hay algo realmente significativo ahí? La respuesta a estas preguntas se encuentra, por supuesto, en las imágenes colectadas por Cuesta a lo largo y a lo ancho de Ecuador, en esta suerte de viaje iniciático a través de los cuatro puntos cardinales de su pequeño país eludiendo expresamente las grandes capitales, deteniéndose aquí y allá en pequeñas poblaciones de provincia asentadas al borde del mar o en los límites con la selva o al pie de sierras y montañas, capturando muestras del quehacer cotidiano de personas que, en su corta o larga vida, probablemente jamás deben haber imaginado que alguien tuviera algún tipo de interés en filmarlas, al menos alguien que no pertenezca al equipo de un programa televisivo presuroso por mostrar la candidez y la sencillez de su existencia antes de que estas desaparezcan o alguna ONG terriblemente preocupada por la falta de oportunidades de algunas poblaciones de América Latina y cosas por el estilo. Ciertamente, no es una oda al trabajo manual el plano picado de un hombre puliendo las paredes de un profundo pozo de tierra ayudándose sólo con una pala y un balde de plástico, ni una celebración al divertimento el plano alejado de unos niños empujando sus kartings de madera con ruedas a rulemanes por el perímetro de una plaza de cemento con sus aros de basket y su cancha de fútbol. Tampoco es una celebración al trabajo informal el plano de una chica embarazada sentada en una piedra frente al cabaret -Diablo es su nombre escrito en letra de furiosos colores- donde suponemos trabaja, ni una poética del esparcimiento el plano medio de un padre recostado en una cama con tres de sus hijos -luego se suma un cuarto- mirando El planeta de los simios (R) evolución en un viejo televisor a blanco y negro. Y si en estas u otras escenas como la de un hombre, del cual sólo vemos sus jeans, vendiendo sus gallinas atadas al mismo poste donde se encuentra su bicicleta o la de unos niños camuflando sus cabezas con verdes algas en un barroso río o la de una solitaria niña hamacándose en el interior de una vivienda a medio construir, todo parece transcurrir en lugares un tanto humildes y un tanto agrestes -calles, ríos, y casas- esto es porque la vida de estas personas es humilde y transcurre en lugares agrestes; casi un lugar común. Y si vemos tan sólo algunas sombras, literalmente, bailando una salsa por sobre el plano medio cercano de tres jóvenes sentadas en fila esperando que las saquen a bailar -y a una de ellas efectivamente alguien le tiende la mano- o si en la oscuridad de una discoteca o boliche o como se le quiera llamar no vemos nada más que el juego de luces rebotando en las paredes mientras se escucha música disco de los 90 esto es porque en el cine el no mostrar o el fuera de campo es quizá tan o más importante que el mostrar; también casi un lugar común. Y si en un plano fijo cercano una adolescente une las puntas de dos biromes y las hace girar hasta que se le caen y dos manos baten una palmada delante de la cámara reemplazando la típica claqueta y el típico “corten”, o si una pequeña niña irrumpe sorpresivamente en el plano fijo de un jardín con dos muñecos color rosa en sus brazos sonriendo orgullosamente y las manos-claqueta vuelven a batir esto es porque en aquel no tan lejano 1922 Nanuk alzaba con un brazo sus peces y levantando un tanto sus hombros esbozaba una tímida sonrisa como diciendo “es todo lo que puedo mostrarte, querido Robert (Flaherty)”; un continuum cinematográfico no es un lugar común.  

 

 

 

 

 

 

En toda esta historia que ya lleva un poco más de cien años las evidencias acerca de que el cine siempre ha sido una construcción, aunque mucho menos visibles y explícitas como lo son en el film de Cuesta, siempre han estado ahí; pero hay algo mucho más importante y probablemente menos notorio que esto. Ese algo tiene que ver con la honradez y la presunción por parte de los directamente involucrados en este asunto -en esta fictio- de filmar y ser filmados. No aprovecharse de la entrega del otro para filtrar deliberadamente por entre las imágenes el típico mensaje condescendiente, por decir lo menos, acerca de la dignidad (transparente) de los pobres y entregarle a un otro, casi o totalmente desconocido, la propia imagen no son, nunca fueron, asuntos sencillos de resolver en este mundo repleto de mezquindad e inequidades. Sin embargo Territorio se asienta sobre una ética acerca del respeto mutuo, una fructífera convivencia en el más amplio sentido del término lo cual es, ciertamente, una de las maneras más honestas y fecundas de vivir las vidas que nos han tocado vivir. Tanto como esto, nada menos que esto.

 

  

 

Fernando Luis Pujato