En su breve pero interesante filmografía, Sylvain George ha consagrado su trabajo a repensar las relaciones entre arte y política, entre estética y compromiso. Estas obras, todas piezas experimentales donde bricolaje, agit-prop, experimentación, found-footage se combinan, insisten una y otra vez en las mismas preguntas:¿Cuáles son las formas de la revuelta? ¿Cómo dar imagen a lo a lo que no lo tiene? ¿De qué modo activar la pregunta por las condiciones subjetivas de experiencia en la crisis política actual? ¿Cómo encarnar, en definitiva, lo político en un gesto que no ceda a la retórica utilitarista (ya sea del documental o la ficción)?

 

 

Es ese marco donde se sitúa también su último filme Paris est une fête - Un film en 18 vagues acompañando esta vez las distintas protestas ocurridas en París : la marcha contra el estado de urgencia (2015), El Khomri (2016) y la Nuit Debout (2016), con el gran marco de la crisis del Estado Europeo neoliberal y el recrudecimiento oportunista de la derecha. Reactivando las imágenes de estas luchas y resistencias, Sylvain da un seguimiento coral y multitudinario a las demandas de una sociedad aglutinada en sus desamparos y malestares, siguiendo las formas de esta visibilidad, estas luchas por la aparición: la pancarta, la ocupación de las calles, las frases escritas en las paredes.

Desde otro ángulo, pero vinculado a lo anterior, el filme busca patentar la creciente “crisis migratoria” a partir del seguimiento de varios sujetos migrantes y nómades que habitan en las calles desde un punto de vista que cuestiona, también, su exclusión e invisibilidad. Este anclaje sobre los límites de la ciudad-nación, se encuentran en el nudo político del abordaje, aquel que demanda una ampliación del sujeto ciudadano, una lucha al interior de los límites de la inclusión, una apertura democrática.

Como en sus anteriores filmes, Sylvain otorga un tratamiento específico a la vida semiclandestina de refugiados procedentes desde África y Medio Oriente (tema que había abordado en sus obras anteriores: Qu'ils reposent en révolte, Les Éclats): un retrato cuidado y atento a las disposiciones del otro, en el cual el el detalle de los rostros, las manos, la voz adquieren un rol fundamental. En esta ocasión, uno de los pocos testimonios que el documental deja escuchar cabalmente nos habla de un viaje pesadillesco y extenso desde Guinea en un barco clandestino. Así, Sylvain tensiona la imaginación respecto del otro, ayudando a materializar su presencia. Es esta alteridad la que es colocada como límite y un punto de partida para una imaginación estética y política que en este, su último filme, el director parece exigirnos. Aquella zona donde la huella, el registro es el punto de partida para cualquier lugar desde donde imaginar lo social. Al respecto, la filósofa Marie-José Mondzain escribe:

La imagen abre el campo de nuestra visibilidad hacia nosotros. La imagen es el don de la mirada del otro en mí en el momento en que lamento la autonomía y el poder de constituirme solo. La imagen no es un objeto y por eso soy un sujeto " (2010: 311)

Partiendo de esta premisa, podríamos proponer que el filme de George, trabaja en esta mirada del otro en la constitución del “yo”, la necesidad de un reconocimiento activante en la cual se constituye una identidad entre-dos. Aquí la huella, las manos, los registros de su existencia se vuelven patentes ¿qué es aquello que nos demandan? ¿cómo nos afectan? ¿y en qué momento se sitúan como anclaje de mi lugar de enunciación?

A su vez, en varias secciones el filme se dispara del literalismo ¿Cómo crear un espacio de espesor en mi imaginación de un otro? ¿Cómo dar cuenta de un sujeto poético y político, metafórico y real? Si se trata de re-pensar las relaciones entre estética y política, es solo en este “giro” imaginal donde es necesario anclar la problemática. Y es aquí que el hecho ficcional adquiere un rol. Sylvain aplica aquí lecciones que vienen de Rouch, Marker o Resnais: el documental es, a su vez, un contrato con la ficción. El filme constituye así un diálogo con la distopía, el filme fantástico y pasa a la experimentación, con una banda sonora musical mutiforme, rítmica, espacial y envolvente. Esta “torsión” es algo enfáticamente anclado en la propuesta actual de Paris est une fête, abriendo así festivamente su cine a un laboratorio de formas y tratamientos. El filme así “se dispara” en varias secciones, pujando su estructura, abriendo la zona del “goce” estético a su fricción con lo real.

 

 

Esta pregunta por la imaginación, la ficción y el otro, pasan del lado de la protesta a un trabajo con lo posible. Como en L´Impossible – Pages arrachées (2009) esta imaginación política no está sola. Ahí está La Commune pero también las protestas del 68 o la relación de esta crisis con una imaginación aún más global y cosmopolita que se vuelve un vehículo y un objetivo para estas políticas de la aparición. La insistencia en las canciones, los textos escritos a modo de un cadáver exquisito de graffitis, las formas de organización, etc. motivan a pensar por el tipo de imaginación social que moviliza la protesta, y se contagia al ritmo de un montaje de atracciones en las palabras recitadas, el ritmo de la calle y un –maravilloso- beatboxing final de un refugiado africano. Pasión igualitaria de un filme donde luces, objetos, masas humanas, manos, restos, objetos, gritos se integran en un montaje productivo orientado a un goce común, a un goce de lo común. 

Iván Pinto