«Necesitarás más de lo que imaginas».

 ELEONORE SMITH BOWEN - Return to Laughter (1954)

 

 

En la expedición francesa de 1735, liderada por Louis Godin y Charles Marie de La Condamine, cuyo objetivo era determinar la medida del meridiano en la línea ecuatorial, viajaba también Jean Godin que conoció a Isabel Gramesón casándose en 1741 cuando ella tenía catorce años y con la cual tuvieron cuatro hijos que murieron a causa de la viruela. En 1743 Jean acompaña a La Condamine a una expedición al Amazonas pero se entera de la muerte de su padre en 1749 y viaja solo a Cayena, en la Guayana Francesa, para probar si el viaje era seguro para su familia, pero las autoridades españolas y portuguesas no le permitieron cruzar el territorio y queda varado en Cayena. Tras muchas cartas y pedidos en 1765 el rey portugués envió una nave para que Godin se reúna con Isabel pero este desconfiaba de los portugueses y se bajó en el primer puerto que pudo. A todo esto, Isabel oyó rumores de que un barco estaba esperando para llevarla por el Amazonas, envió a su criado Joachim y a un puñado de indios para investigar. La partida regresó dos años después de haber descubierto la nave -cuatro años después de su partida inicial- con la información de que su marido estaba vivo. En 1769 Isabel, sus dos hermanos, su sobrino de diez años, su fiel sirviente Joachim, tres criadas, treinta indios y tres franceses partieron en busca del barco. La ruta a través de la Cordillera de los Andes y de la Cuenca del Amazonas fue un calvario, por supuesto, y enviaron a Joachim y uno de los franceses para que intentaran regresar con transporte extra. Esperando el regreso de Joachim las criadas desaparecieron en la jungla y el resto murió a causa de la infecciones provocadas por los insectos, todos menos Isabel que vagó erráticamente por la selva un par de semanas hasta que unos indios le ofrecieron su ayuda para llegar a Cayena y abordar la nave portuguesa que la esperaba. En 1770 Isabel y Jean se reunieron en  Oyapock luego de más veinte años de separación y después de que Isabel recorriera algo así como cinco mil kilómetros de cordillera y de selva. Imagina. Las aventuras de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por el bendecido continente americano comienzan cuando se incorpora a la expedición de Pánfilo de Narváez a Florida en 1527 que concluye con cuatro supervivientes de los seiscientos iniciales. Junto a tres de sus compatriotas cae prisionero de la tribu de los mariames y, tras un cautiverio de seis años donde al parecer no la pasaron nada mal, trabajan como mercaderes entre los indígenas del territorio de San Antonio y la costa tejana llevando conchas marinas y caracolas a los pueblos del interior cambiándolas por cueros y almagra. Tras deambular unos años por la zona de la frontera entre México y Estados Unidos llegan al río Bravo y remontando su curso se encuentran con tribus dedicadas casi exclusivamente a la caza del bisonte con las que conviven unos años. Finalmente, en 1536, a orillas del río Sinaloa establecen contacto con un equipo de exploradores españoles, muy cerca de la provincia española de Culiacán. Regresa a la madre patria  en 1537 pero en 1540, con el título de adelantado, vuelve a estos lares. En 1542 fue el primer europeo en toparse con las cataratas del Iguazú. Imagina también. Acerca de la odisea de Isabel de Godín se han escrito varios libros y el mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca describió en Naufragios (1542) su periplo americano. La literatura de viajes está plagada de historias fascinantes, claro. Ya sea por la dificultad inicial de la empresa que se deseaba llevar a cabo, ya sea debido a cuestiones que se volvieron inmanejables por los directa o indirectamente involucrados en ella, ya sea debido a la porfía y el azar, los trazos que han dejado estas historias en cualquier lugar de este ancho y venturoso mundo continúan produciendo no sólo nuevas investigaciones científicas y periodísticas, sino también estudios académicos de prestigiosas universidades, los habituales best sellers de no tan prestigiosos novelistas, centenares de documentales televisivos y un número bastante menor de films, por supuesto. Sólo por poner dos ejemplos antitéticos, Seven Years in Tibet / Siete años en el Tibet (1997) de Jean-Jacques Annaud, basada en el libro homónimo del alpinista austríaco Heinrich Harrer de 1953, o como convertir la experiencia de encontrarse recluido más de cuatro años en un campo de prisioneros en la segunda guerra mundial, escapar, adentrarse en el Tibet por más de tres años -la inmersión en una otredad absoluta- en un bodrio hollywoodense efectista y manipulador, por decir lo menos. Sin adaptar ninguna novela o libro específico, salvo tener como referencia los incontables escritos de españoles y portugueses sobre la leyenda de El Dorado, Werner Herzog en Aguirre, der Zorn Gottes / Aguirre, la ira de Dios (1972) nos sumerge en el camino hacia la locura, literalmente, de un conquistador del siglo XVI -tal vez Lope de Aguirre aunque esto no importe demasiado en realidad- que termina solo en una balsa repleta de monos auto proclamándose gobernador del continente sudamericano con su hija, muerta en la expedición, como esposa. El registro de Herzog es asfixiante, casi desesperado. El registro de Annaud es ampuloso, casi grosero.  Pero ambos films son la deriva final de situaciones extraordinarias, aunque la de Lope de Aguirre sea el desprendimiento de una conquista planificada y la de Harrer un fortuito accidente desencadenado a partir de un conflicto bélico.

  

 

Hay algo de todo lo anterior en el último film de James Gray el cual parte del libro de David Grann, un periodista de la revista The New Yorker, del año 2009 que, a su vez, parte de las crónicas autobiográficas del teniente coronel Percy Harrison Fawcett escritas en 1924 y compiladas por su hijo menor Brian en 1953 en un libro titulado Exploración Fawcett. Hay algo también que lo emparenta con el film de Herzog -aunque Gray no hurtó la cámara de 35 mm como sí lo hizo el querido Werner tomándola prestada de la Escuela de cine de Munich- y  que lo acerca, por la vía del absurdo, al film de Annaud: la urgencia de un hombre por encontrar una mítica ciudad y el sosegado equilibrio de sus formas cinematográficas; pero no mucho más que esto. Y sí algo bastante diferente con respecto a las desventuras de la heroína ecuatoriana porque la decisión primaria de Fawcett no fue debido a una contingencia familiar sino un soborno institucional disfrazado de encargo. Y también algo cercano al español errante que no es tanto su perfil aventurero sino más bien su preocupación para que los indígenas fueran considerados nuestros pares culturales. Se puede hacer cualquier crítica retrospectiva con respecto a esta visión un tanto inocente que Fawcett fue adquiriendo paulatinamente de los indígenas pero aún faltaban unos cuantos años para que esta comenzara a resquebrajarse a partir de los prolongados trabajos de campo de los antropólogos o mejor, a partir de los escritos producidos luego de pasar un período más o menos prolongado entre personas absolutamente distintas a nosotros; aún estamos en eso. En cualquier caso el film de Gray trata acerca de lo que Fawcett sostenía en los albores del siglo pasado no de aquello que debería sostener en este siglo, porque él se encontraba, como cualquier hombre perteneciente a una burguesía que encontró en el ejército de una nación colonialista e imperialista su leiv motiv de clase, constreñido por las ideas que sustentaban esta condición. De todas maneras, a lo largo del film, se muestra claramente que pudo superar esta clausura identitaria y basta con escuchar su discurso a los soldados que lo acompañaban en las fangosas trincheras de la primera guerra mundial antes de esos asaltos casi suicidas que dejaban cientos de muertos y heridos, o su ponencia en la Royal Geographical Society luego de su primer viaje al Amazonas -cuyo objetivo era delimitar la frontera entre Bolivia y Brasil- ante un auditorio entusiasta y conservador, como no podía ser de otra manera. Ese no deben pelear por un Rey o por una causa o por la gloria de una nación sino por ustedes mismos, por sobrevivir -o algo por el estilo- y ese allí hay una civilización que podría preceder a la nuestra mientras muestra el documento de un soldado portugués que habla de una ciudad esplendorosa, encontrado en una biblioteca por mi amada esposa Nina -las exactas palabras de Fawcett- a quien no dejan estar junto a su esposo en el estrado porque “me temo que es solo para hombres”. Estos dos momentos no solo muestran la postura inclaudicable de un hombre que fue educado en el seno de la cultura victoriana pero que logró superar este mandato a través del contacto siempre fructífero -aunque no siempre amable- con una cultura desconocida sino también el rol reservado a la mujer en una de las sociedades más conservadoras, en lo que se refiere a la clase social y el género, del continente europeo. Y, otra vez, no se trata de que el film debería haber mostrado la evolución de Nina hacia vaya a saber qué estadio libertario con respecto a su adscripción de género porque Gray no pone en escena el desarrollo de lo que podría haber sido sino de lo que fue; los films militantes de lo que sea hay que buscarlos en otro tipo de cine pero no exigírselos al cine. Hay otras cuestiones no menos importantes en La ciudad perdida de Z como el despojar a la selva de cualquier halo romántico con sus flores y plantas y aves exóticas o convertirla en un personaje (cruel) más del film mostrado enormes serpientes reptando por los árboles y mamíferos al acecho de una presa (humana) y monos e insectos portadores de virus desconocidos, todos letales, obviamente. A Gray le bastan un par de escenas para ejemplificar los peligros que tuvieron que afrontar Fawcett y sus compañeros de expediciones pero es sobre todo en los cuerpos, en su fatiga, en la falta de comida y en la imposibilidad de conseguirla, en el antebrazo derecho de Costin, más un amigo que un acompañante, donde una mancha color púrpura es tapada inmediatamente por este subiéndose la manga de la camisa arremangada mientras mira a Fawcett y le dice “no es nada importante”, donde la jungla se nos revela en toda su dimensión. Y en la panorámica de una diminuta barca en el medio del río aunque después el plano se cierre sobre esa misma barca y se cierre aún más sobre las andrajosas siluetas que se lamentan por la suerte de un pequeño navío alemán anclado en la orilla desde donde asoma un cuerpo inerte al tiempo que son atacados por unos indígenas apenas entrevistos en la maleza de la costa con, algunas, certeras flechas. Este partir de un plano abierto cerrándolo a medida que avanza la secuencia -y eventualmente abriéndolo nuevamente- se encuentra también en las escenas de la metrópoli, en los salones de fiestas y agasajos, en la pequeña habitación donde Nina se queja frente al espejo de tener que usar el bendito corset, en la campiña donde Nina y Percy se sientan sobre el pasto a conversar sobre la inevitable partida de este y el sacrificio que deberán sobrellevar para, tal vez la redimir el apellido Fawcett manchado por los excesos del padre de Percy; continuamos en la Inglaterra del 1900. Es una marca del film este registro clásico junto al encadenamiento de los planos y los flashbacks objetivos y subjetivos, son las formas que nos depositan en el aprendizaje de (parte de) una vida singular. Que este tránsito haya sido doloroso e iluminador a la vez no significa más que esto. Que se haya sustentado sobre una frase del poeta inglés Robert Browning leída a su esposo por ¿quién si no Nina? en ese flashback disparado en el instante en el cual Fawcett a punto de abandonar este mundo conocido solo a medias levanta el brazo hacia el cielo tampoco significa más que esto. La frase dice: la visión de un hombre debe exceder su alcance. ¿O para qué está el cielo? Esto es La ciudad perdida de Z, el film de James Gray. Y el plano final de la silueta de Nina recortada en un paisaje selvático.

 

 

Fernando Pujato