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LATINA, PERO NO MUCHO

 

Cuando se habla de identidad Latina, se intenta abarcar la visualidad, el sentir, el folclor y la actualidad de todo un vasto y diverso continente, que no comparte mucho más que el idioma Castellano. Si bien el lenguaje con el que uno se comunica marca un cierto orden de pensamiento, generando un imaginario básico en común, no puede hacerse cargo de compartir todo el Universo de sutilezas propias de cada región de Latinoamérica. Del mismo modo, el arte que proviene de cada una de estas regiones no puede esperar representar el sentir artístico de todo este inmenso continente.

En Chile vivimos donde se acaba América, con el desierto de Atacama de sombrero, el polo sur enfriando nuestros pies, agarrados de los Andes y a punto de caernos al Pacífico. Somos gente tímida, de campo y de mar, se habla mucho pero no se dice gran cosa, no por falta de contenidos sino por un miedo tremendo a hacer el ridículo o a meter la pata. No somos guapos ni tenemos el tango, como nuestros vecinos Argentinos; no somos lo suficientemente tropicales como para menear las caderas ni vestir de colores llamativos como nuestros hermanos de Brasil y del Caribe; y desgraciadamente no hemos cultivado nuestra riqueza cultural indígena como Perú y Bolivia. Somos tímidos y miedosos pero muy bien enseñados, y sobre todo tenemos un gran sentir poético, un hablar extremadamente visual. No hablamos el Castellano con seriedad ni rigor, buscando que la palabra exprese el sentimiento. Más bien utilizamos el lenguaje para formar imágenes que expresen el significado. Este imaginario verbal medio surrealista, que procede de la gente del campo y del mar se reconoce en la obra de nuestros poetas, entre los más conocidos Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Nicanor Parra.

En el cine, aunque de modos diferentes, podemos apreciar este sentir poético-surrealista en Raúl Ruiz y Alejandro Jodorowsky, nuestros dos cineastas más reputados a nivel internacional. Sin embargo y a pesar de lo que lógica indica, la mayoría de las realizaciones cinematográficas que se llevan a cabo hoy en día en nuestro país son puramente comerciales. Los fondos nacionales premian en su primera etapa a las propuestas de guiones más comerciales, y una vez finalizados los guiones, son estos mismos proyectos son los que reciben el financiamiento de fondos nacionales para su producción y post producción.

Esto indicaría que existe una cierta intención de parte de los dirigentes de estas organizaciones, de conducir el cine nacional por un camino predeterminado, que a mi parecer es convencional y comercial, alejándose abismalmente de nuestra identidad y de nuestra forma narrativa. Si bien es entendible que exista una preocupación por llenar las salas y poder competir con el cine Norteamericano, estas películas casi siempre son ignoradas por la audiencia nacional hasta que alguna de ellas recibe reconocimiento en el extranjero. En ese momento vuelve a los cines, y va a verla un poco más de gente. Sin embargo, existen películas como Violeta se fue a los cielos, del director Andrés Wood, que fue increíblemente bien acogida por el público nacional, antes de que ésta recibiera cualquier tipo de reconocimiento en el extranjero; y es que si bien se trata de una narrativa clásica, este filme habla de nuestra Violeta Parra. Con esto, el público chileno ha demostrado estar sediento de cine que trate temas propios, y me atrevo a pensar que también apreciaría formas narrativas más cercanas a las que nos caracterizan.

Un fenómeno parecido al que se da con el cine nacional, se vive en el mundo del arte, en el que los fondos, los patrocinios, o las invitaciones a representar a Chile en las Bienales internacionales, condicionan de cierto modo el rumbo que toma el arte nacional.

Desde nuestro alejado rincón del Mundo, aprendimos a mirar hacia Europa como fuente del arte; más tarde, durante la dictadura, aprendimos a la fuerza a mirar hacia Estados Unidos para el arte y para todo lo demás. Con tanto mirar para todos los lados hemos aprendido a imitar bastante bien. El único problema es que a nuestro país las cosas llegan con bastante atraso, y entre que llega y aprendemos a imitarlo, ya ha pasado completamente de onda en el primer mundo. Es entonces cuando se empiezan a utilizar frases como “hacer propio”, “re-visitar un concepto, estética o técnica”, “adaptar”, “interpretar”…etc.

Esto es muy triste sobre todo cuando existe un tremendo potencial creativo y un gran sentir artístico, que queda en evidencia en el caso de los artistas nacionales que no buscaron imitar, sino crear desde un imaginario y sentir personal, tales como Matta o Jaar. No es casualidad que los grandes artistas de nuestro país se hayan establecido en el extranjero.

Qué se espera del artista Chileno? Cuál es la imagen del arte Chileno que el país quiere vender en el extranjero?

Hace algunos años atrás, Néstor Olhagaray (fundador y director de la Bienal de Vídeos y Nuevos Medios de Chile) me enseñó un vídeo del artista visual Carlos Altamirano, llamado Artista visual Chileno, en el que un joven corre desde su casa hasta el museo de Bellas Artes de Santiago de Chile repitiendo en voz alta: “Carlos Altamirano Artista visual Chileno…”. Su voz se va agotando con el trote y para cuando por fin llega al museo de Bellas Artes ya está completamente exhausto. El joven artista no entra al museo, se queda en la puerta. Siento que este video hecho en la década de los 80’s, realmente anticipa y describe a la perfección la frustración de la gran mayoría de los artistas nacionales, desde entonces hasta la fecha. Y es que, para cuando un artista nacional por fin logra ser invitado a exponer en el Museo de Bellas Artes, ya está agotado, desgastado y desilusionado.

Pareciera haber una intención de proyectar una imagen muy específica del arte Chileno en el extranjero, la de un arte nada juguetón, un arte que se toma muy en serio a sí mismo, de obras que permiten una sola y predeterminada lectura, un arte cauto y austero. Alejadísimo de lo poético, del azar, de la experimentación y de nuestra identidad. En la mayoría de los casos se pretende competir, o por lo menos bailar el mismo baile que los grandes, pero no desde nuestras fortalezas sino que desde nuestras inseguridades. Se enseña este modo de pensar desde la universidad, y a quien trató de hacerse un poco el loco, se le termina de inculcar este modus-operandi cuando sale a buscar galería o postula a los fondos culturales.

 

Si bien vivir del arte es difícil en cualquier parte del mundo, en Chile es prácticamente imposible. Los artistas ya no saben qué hacer para intentar ganarse la vida; tal vez es por eso que, de aquí a una parte, Chile se ha llenado de artistas visuales. Antes habían fotógrafos, pintores, escultores, cineastas, ahora todos o casi todos somos artistas visuales. Lo que a mi gusto equivale a un “open marriage vocacional”. Título ambiguo que nos permite postular a aún más fondos, y participar en aún mas exposiciones colectivas en el barrio alto, en donde las señoras bien buscan arte para decorar, alguna pieza parecida a eso que vieron en tal revista, o cuando fueron de compras a NY hace tres años.

Como el mercado nacional es pequeño, las rivalidades y enemistades están a la orden del día: pocas veces alguien se alegra cuando a uno le va bien y viceversa. Aún así se intentan formar afiliaciones de artistas, pero bajo la mesa todos se dedican a pisarse los cordones de los zapatos entre si.

Es realmente difícil ser artista en Chile, y socialmente complejo. Esto fuerza a los artistas no consagrados a buscar estrategias de supervivencia, una de ellas es la de salir al extranjero ya sea para hacer residencias (cuantas más mejor) o estudiar. Yo emprendí esta larga y dura travesía, y en el camino aprendí varias cosas. La primera es que para elegir y aplicar a un doctorado, hay que tener un doctorado en cómo elegir y aplicar a un doctorado; la segunda es que lo que se espera de uno en el extranjero es muy diferente a lo que uno espera de uno mismo en el extranjero. Sin embargo las posibilidades de investigación, de crecimiento, de desarrollo de un trabajo personal parecen inmensas vistas desde Chile. No sé si porque realmente lo son, o porque los límites impuestos por nuestro propio país sobre el tipo de cine, arte, etc. que debiéramos de producir son tan aplastantes y matadores de cualquier creatividad, que todo nos parece más suculento que la alternativa de quedarnos.

Ojalá llegue pronto el día en que volvamos a valorar nuestro propio imaginario, nuestra poética y nuestras formas narrativas. Que abracemos el legado de nuestros grandes poetas, cineastas y artistas que hablaron de ese Chile medio surrealista con lógica de campo y olor a mar. Espero que para cuando esto ocurra sigamos teniendo esta naturaleza, aunque de no ser así seguramente nos costará menos imitarnos a nosotros mismos.

 

 

Bárbara Matas