Coexisten en Hard Eight (1996) dos corrientes contrapuestas que tensan la película entre su memoria del cine del pasado y su pertinencia al presente. Un hombre que protege el secreto de su intimidad tras el eterno humo de su cigarro es la imagen capital sobre la que se sustenta la ópera prima de Paul Thomas Anderson. En ella palpita el imaginario épico del héroe clásico del western y el cine negro, pero el envejecido rostro del protagonista nos habla de la obsolescencia del mismo arquetipo del que es heredero. Se trata de Sydney, un hombre que rescata de la bancarrota al joven John y lo educa para la supervivencia en un casino de Reno, San Francisco. El que otrora fuera protagonista de hazañas conquistadoras o investigador de casos de corrupción y asesinato, se encuentra ahora en una especie de estado de postración, estacado en el casino donde se desarrolla el film. Ese no lugar reconvertido en casa propia es el símbolo de la búsqueda infructífera del hogar de dos personajes que desean establecerse como un padre y un hijo. En Hard Eight, como en gran parte de los films que la siguen, la cuestión paterna deviene cinematográfica cuando el héroe épico ya no es capaz de que su aprendiz/hijo herede sus mismas formas. Desde esta ópera prima hasta la última Puro Vicio (2014), Paul Thomas Anderson ha seguido los pasos descarriados, erráticos, irracionales, tan aleatorios como la suerte en el casino, de ese hijo que ya no puede vivir como lo hacía su padre. Porque como ese hijo es su mismo cine, siempre arrastrando la pesada herencia del cine épico norteamericano en su viaje hacia una ruptura definitiva. 

Sydney se mueve en el reducido espacio de un casino de Reno (San Francisco), dedicándose a beber, fumar y jugar. Aquel destino metafísico que apuntaban Núria Bou y Xavier Pérez en El tiempo del héroe, en el que existía «la imposibilidad de fundar un hogar y, por tanto, de transformar un paisaje»1, parece tomar forma aquí en su versión más crepuscular. Ese espacio artificial, de paso, despojado ya de toda épica, que es el casino de Hard Eight podría ser una versión contemporánea de la casa de juego construida por Vienna en Johnny Guitar (1954), en la que esperaba a que su amor del pasado volviese a por ella. La misma espera en la nada, la misma construcción de un pseudo-hogar en el que dejar fluir el tiempo indefinidamente. Es en esa brecha que se abre en el relato aventurero inundándolo de temporalidad, donde el western clásico crepuscular construye un espacio de esencia melodramática. Los conflictos armados de películas como El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o Johnny Guitar esconden tras su imaginario de revólveres y parajes desérticos la verdadera esencia sentimental que se encuentra en la base de la narración. De esa corriente última del western es de la que bebe la ópera prima de Paul Thomas Anderson, que coloca a su protagonista en la encrucijada emocional de la búsqueda de un hijo como forma de redención de unas peripecias (anti)heroicas del pasado de las que poco o nada podemos saber. 

El héroe ha envejecido y debe transmitir su legado. Sydney recoge al desvalido John de un bar de carretera y lo intenta instruir en la forma de vida que debe llevar en el casino. Es entonces Hard Eight la historia de una educación sentimental truncada, porque John no puede ser la imagen especular de lo que un día fue su maestro, sino tan solo su patética imitación. Ese sinsentido de la enseñanza, tiene que ver, como decíamos al inicio, con la imposibilidad de la relación paterno-filial entre Sydney y John, que prefigura los más trágicos vínculos familiares de películas posteriores del director tales como The Master (2012)o Pozos de Ambición (2007). En el decalaje de la transmisión de ese legado el imaginario mítico de antaño transmuta en una especie de estética del fracaso que abisma cada vez más a los personajes de Thomas Anderson a lo largo de su filmografía. Es la columna vertebral de su empresa cinematográfica: la desconstrucción del rutilante relato cultural norteamericano hasta reducirlo al esperpento, como demuestra en su último gesto radical que es Puro Vicio

Cuando el nombre del padre se quiebra, el relato, como el hijo, pierde el rumbo marcado e inicia una nueva ruta errática. En Hard Eight, como ocurrirá con algunos de los films que la siguen, la narración-hijo avanza movida por impulsos viscerales, y arrastra la historia hacia el absurdo y lo anti-heroico. Un estallido de violencia irreprimible es en este caso el que rompe con toda la estabilidad y el aprendizaje que John había logrado gracias a Sydney. El hombre deja de ser dueño de su destino, pero sigue siendo responsable de él, condenado a ser esclavo de sus propios arrebatos animales. Por ello, la película roza la tragedia pero nunca llega a instaurarse como tal. Al contrario, su deriva desmitificada marcada por una absurda interrupción del relato la acercan a la tendencia beckettiana de un cierto cine norteamericano de los 80 y 90, en la que se inscribieron películas como Reservoir Dogs (1992) o las primeras obras de David Mamet. 

El coche de John avanza por el vasto paisaje norteamericano, dejando atrás a Sydney y su casino y precipitándose hacia una nueva aventura de otra índole. Es el inicio de ese vagabundeo que continuarán el resto de protagonistas del imaginario andersoniano. Pero antes de partir el aprendiz hace una última llamada a su maestro, en que ambos verbalizan los sentimientos que sienten el uno por el otro. Esas son las primeras y también las últimas palabras de amor que un padre le confesará a un hijo en la filmografía del director. A partir de entonces, la incomunicación abrirá un abismo insalvable entre el náufrago fracasado y el guía vital que intente adoptarlo, y el relato abandonará toda la épica sentimental que aún existe en Hard Eight para devenir cada vez más huraño y salvaje. Con esa despedida, el cine de Anderson viajará desde un lenguaje que añora el clasicismo hacia una ruptura total del mismo, de un anti-heroísmo aún melancólico al más puro nihilismo.

 

 

Sofia Esteve