«La historia del cine es la historia de su propia destrucción». Lo dijo Paolo Cherchi Usai.

 

El contexto era ligeramente distinto: la destrucción de una imagen, decía, comienza a partir de la primera proyección de la imagen original (modelo); cada una de las sucesivas proyecciones irá aniquilando poco a poco el celuloide hasta que una nueva proyección sea virtualmente imposible porque el film casi se ha desintegrado por completo.

 

En la era de la reproductibilidad digital, la destrucción no se produce tanto por deterioro –que también- como por enterramiento. La destrucción comienza en el momento en que una película se sube a internet y otra película se sube a continuación, sepultando a la anterior. Una sobre otra, obligan al cinéfilo a cavar y cavar para recuperar esa joya aparecida en el foro hace cuatro años, en una entrada ya arqueológica.

 

En el magma internet no hay orden ni jerarquía. Las películas proliferan –mutiladas, achatadas, descoloridas, reencuadradas-. Las imágenes pierden su condición de imágenes y se convierten en cacofonías.

 

¿Dónde está el cine hoy? ¿A dónde ha ido a parar?

 

En este big parade desaparecen las fronteras, y los autores de todas las épocas y todos los géneros conviven en un mismo espacio para deleite de una cinefilia insaciable. Nuestros discos duros se parecen más al museo del siglo XVIII que a una estantería de los años 90. La disposición es caótica y el lugar en el que figura un artista es caprichoso e injusto. 

 

La nueva novísima cinefilia devora Renoir a las 17.00 y Lav Díaz a las 21.00. Pasa de puntillas por la historia del cine, sin dejarse ningún capítulo. Es una cinefilia nómada y desarraigada, que siente pereza por la retrospectiva y prefiere sentirse versátil; abarcarlo todo, guardarlo todo.

 

El mundo no se detiene. En este escenario de la superabundancia, las opciones son ilimitadas y el precio, irrisorio; es una cinefilia de atracciones.

 

El espectador es un flâneur que pasea por las imágenes sin rumbo y con indulgencia: «la multitud  es su elemento (…) entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito» (Baudelaire).

 

El territorio del cine –aquel en el que habitan las películas en el subconsciente de los individuos- se convierte en un no lugar (Marc Augé), un espacio de tránsito donde las imágenes pierden su identidad porque la velocidad a la que circulan no nos permite otorgarles un contexto ni una historia; las películas se diluyen en un torrente imparable y nuestra relación con ellas es efímera. 

 

«Evidentemente», dice Augé, «un no lugar existe igual que un lugar, pero no existe nunca bajo una forma pura».

 

Probablemente la culpa es nuestra. Nosotros hemos querido todo el cine a toda costa. “Mejor verlo así que no verlo”.

 

Pero ese espectador ya no ve cine, ve películas.

 

El cine, hoy, es el espectáculo del cine como un bien de consumo donde el espectador, a su vez, es consumido por las imágenes en un canibalismo recíproco.

 

Y es un lugar solitario.

 

El cinéfilo explora en privado y disfruta en privado. Y aunque comparta sus hallazgos, lo hace desde un templo cerrado a cal y canto, donde él solo rinde culto a sus dioses en una ceremonia secreta en la que devora las películas.

 

Tal vez, a la cinefilia caníbal le seguirá la desaparición del deseo. En ese punto, la muerte del cine se producirá por hartazgo.

 

 

Andrea Franco 

 

ArrebatoIván Zulueta, 1979